Y un día empezó y continuaron los ataques.
Ataques de histeria, de llanto, de cansancio,
ataques de rabia y de frustración.
Ataques que le rompían el alma,
ataques, que me rompían el corazón.
No sé cuándo ni cómo empezaron,
no sé el motivo, ni el lugar, ni lo que sintió la primera vez.
Impotencia es la palabra que lo define.
Supongo.
Se sentía incapaz de frenarlo. Se le paralizaban los pies antes de llegar a la meta.
Era una carrera difícil de alcanzar. Era un inicio infinito, una salida a la que no conseguía llegar.
Recuerdo cuando te dio uno de esos ataques, no creo que pueda olvidarlo.
No podías parar de llorar y pedirme una ayuda que no supe darte.
Nunca llegué a explicarte por qué no pude hablarte, por qué no pude decirte lo que sentía, por qué no pude responder a tus preguntas... Un nudo paralizaba mi habla, mientras me suplicabas que te hablase y yo, solo podía pensar en no derrumbarme. En no llorar delante de ti. Tenía que mostrarme fuerte para que no decayeras, para que no empeorases, para que no pensases que una situación así podía conmigo.
Tus palabras fueron estacadas para un angustiado corazón, que no pudo ayudarte.
Me daba vértigo cuando respirabas agitado; tocar tu cara pálida, fría por el sudor que recorría tu frente era un motivo por el que querer echar a llorar, pero sabía que no podía.
No podía caer en la derrota.
No podía dejar que te dieses por vencido.
Palabras de ánimo recorrían mi cabeza, sin poder dejarlas salir más allá de mis labios rojos, pintados de pleno dolor. Fui incapaz de decirte que podías con eso. Que podías con eso y con todo lo que te impidiese seguir adelante. Que nada era una piedra en tu camino, que solo los te quiero que te decía cada vez que te querías rendir serían esas piedras que te hicieran levantarte.
No sé si es valentía escribir esto, o fui tan cobarde de no poder decírtelo mirándote a los ojos.
Solo me sale escribir, porque si hablo, será imposible controlar el llanto.

No hay comentarios:
Publicar un comentario