
Grito desde el abismo aquel en el que te acaban de cerrar la puerta de un portazo,
desde el plano detalle de una cerradura en la que detrás, hay una mujer llorando.
Grito desde aquel vete
sin despedida ni vuelta atrás,
desde aquel mensaje leído sin contestación
tras cuatro llamadas perdidas.
Grito desde el mensaje en el buzón de voz en el que escuchas un ¿sí? y empiezas a hablar con la esperanza de escuchar su voz, aun sabiendo que no habrá ninguna jodida respuesta.
Grito desde la ignorancia de ver una foto suya y no saber dónde está, ni a cuánta distancia están nuestros cuerpos, fríos, después de una lluvia torrencial de Noviembre.
Grito desde la punzada de una estaca al corazón,
que no era más que una verdad, atravesando el pecho.
Grito desde el infiel al que le come el remordimiento follándose a otra;
desde la amante, que se siente querida en los brazos de un hombre que no es más que el hombre de otra mujer;
y desde el engaño
que quiere gritar a voces que pares.
Que acabes con la mentira a tiempo,
porque te estás mintiendo a ti mismo.
Grito desde el otro lado de la ventana,
en la que la mujer engañada, se arregla para su marido infiel.
Grito desde el balcón desde el que a un niño se le escapa un globo, vestido de azul, de inocencia.
Grito desde la inocencia de quien lleva un jersey roto y dice que se le acaba de descoser.
Grito desde una madre a la que le han arrebatado a su hijo, y sigue abriendo la puerta de su habitación para darle las buenas noches.
Me hago hueco en cada arruga de la cara de un abuelo, en la que ha habido más achaques que en cualquier guerra de un corazón herido, y grita que la juventud vuelva, y que su mujer también.
Grito desde el hombre que dice que no le saben querer, cuando es la única excusa que puede atribuir al no saber querer él.
Grito a la desconfianza a pleno pulmón, y más,
al que hace que desconfíen de él.
Grito desde el que dice que no tiene miedo,
porque no hay más miedo,
que decir que no lo tienes.