Me he mudado
Dejo de usar esta página. Ya no voy a escribir aquí.
He cogido las maletas.
18 agosto, 2015
Nunca antes, ni más.
Nunca pedí que me bajasen las estrellas
ni que me regalasen el cielo.
Nunca pedí el sol si no era para tomarlo juntos;
siempre fui más de pedir que el frío nos acunase para poder refugiarme bajo tus brazos.
Nunca pedí que no me rompieran el corazón,
ni que nadie me hiciese llorar alguna vez que otra,
no fui de esas que buscan el amor en cualquier mirada,
pero sí de las que se enamoran de las sonrisas a primera vista, y elegí tu boca.
Pero, ya no estoy
ni soy
para nadie.
Tiro el corazón por si alguien quiere acabar de pisotearlo,
aunque os aviso, que ya lo está mucho.
Nunca pedí un amor de película,
nunca me ha gustado resumirlo en dos tristes horas.
Nunca llegué tarde cuando necesitaste un hombro al que besar,
que no al que llorar, (prefería hacerlo yo por ti)
nunca me ha gustado verte hacerlo.
"¿Qué tal?" siempre fue el pretexto perfecto para empezar una conversación,
aunque siempre he preferido el cosquilleo de esperar a que tú lo preguntases,
a pesar de que no te interesase cómo estaba.
Nunca supliqué que escuchases mi llanto,
pero que por favor, no lo consintieses.
No te dije nunca que te estremecieses si me veías resoplar por un enfado,
ni que me regalases flores el día de nuestro aniversario.
¿Veis?
Nunca pedí tanto.
Y ya no me sale gritar.
No voy a dejar pasar por alto más mentiras, si tú no me mantienes en alto.
Ya lo dejé claro una vez, no soy juguete de nadie.
Siempre me revolvieron el estómago las nanas y los cuentos de antes de dormir,
pues por favor, deja los cuentos a un lado, las excusas no me convencen si no es para llevarme a la cama, y no precisamente a dormir.
¿Te queda claro?
A todo el mundo le cansa dar
para no recibir
y mucho menos palos.
Joder.
13 agosto, 2015
Ataques al corazón
Y un día empezó y continuaron los ataques.
Ataques de histeria, de llanto, de cansancio,
ataques de rabia y de frustración.
Ataques que le rompían el alma,
ataques, que me rompían el corazón.
No sé cuándo ni cómo empezaron,
no sé el motivo, ni el lugar, ni lo que sintió la primera vez.
Impotencia es la palabra que lo define.
Supongo.
Se sentía incapaz de frenarlo. Se le paralizaban los pies antes de llegar a la meta.
Era una carrera difícil de alcanzar. Era un inicio infinito, una salida a la que no conseguía llegar.
Recuerdo cuando te dio uno de esos ataques, no creo que pueda olvidarlo.
No podías parar de llorar y pedirme una ayuda que no supe darte.
Nunca llegué a explicarte por qué no pude hablarte, por qué no pude decirte lo que sentía, por qué no pude responder a tus preguntas... Un nudo paralizaba mi habla, mientras me suplicabas que te hablase y yo, solo podía pensar en no derrumbarme. En no llorar delante de ti. Tenía que mostrarme fuerte para que no decayeras, para que no empeorases, para que no pensases que una situación así podía conmigo.
Tus palabras fueron estacadas para un angustiado corazón, que no pudo ayudarte.
Me daba vértigo cuando respirabas agitado; tocar tu cara pálida, fría por el sudor que recorría tu frente era un motivo por el que querer echar a llorar, pero sabía que no podía.
No podía caer en la derrota.
No podía dejar que te dieses por vencido.
Palabras de ánimo recorrían mi cabeza, sin poder dejarlas salir más allá de mis labios rojos, pintados de pleno dolor. Fui incapaz de decirte que podías con eso. Que podías con eso y con todo lo que te impidiese seguir adelante. Que nada era una piedra en tu camino, que solo los te quiero que te decía cada vez que te querías rendir serían esas piedras que te hicieran levantarte.
No sé si es valentía escribir esto, o fui tan cobarde de no poder decírtelo mirándote a los ojos.
Solo me sale escribir, porque si hablo, será imposible controlar el llanto.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)

