Me columpié en la luna entre cuerdas de orquídeas;
la brisa de la primavera mecía mis cabellos,
y el viento te traía de vuelta.
Los pies descalzos sentían entre las comisuras de los dedos cosquillas de felicidad
por sentirse libres de las rocas surcadas en tu búsqueda.
Pasaban las estaciones, y yo te seguía esperando.
Sentada en el andén, con una maleta vacía y flores mustias en la mano,
miraba a través de cada ventanilla de los trenes que pasaban como estrellas fugaces
pidiendo que cerrase los ojos y pidiese un deseo.
Que te pidiese.
Que te pidiese, a ti.
Sentada en el andén, con una maleta vacía y flores mustias en la mano,
miraba a través de cada ventanilla de los trenes que pasaban como estrellas fugaces
pidiendo que cerrase los ojos y pidiese un deseo.
Que te pidiese.
Que te pidiese, a ti.
Miraba el mapa que guardaba bajo la manga, con la que antes había secado mis lágrimas,
tan sucio como las suelas de mis pies desnudos,
y solo conseguía ubicarme en la ciudad de tu ombligo, a la que nunca me dejabas pasar,
pero solía habitar cuando necesitaba un refugio.
Cuando ni mi sombra me acompañaba.
Cuando la soledad calaba lo más profundo de mis huesos,
hasta doler.
La lluvia de la primavera mojaba el vestido blanco que llevaba, haciéndolo transparente;
marcando una silueta con cada una de mis curvas,
en las que solías perderte aposta,
sin querer buscar salida.
sin querer buscar salida.
Y me lloró
hasta el alma.
El cielo encapotado de Octubre, se quebraba al ver salir el sol
y la soledad daba saltos de alegría.
Sus carcajadas parpadeaban en forma de rayos de sol cegando el camino de los pájaros
que alzaban sus alas en busca de otro hogar;
de otra ciudad,
migrando en busca del calor para sus helados corazones.
Sus carcajadas parpadeaban en forma de rayos de sol cegando el camino de los pájaros
que alzaban sus alas en busca de otro hogar;
de otra ciudad,
migrando en busca del calor para sus helados corazones.
Un rayito de sol que entraba por el ventanal del andén 441
me hizo cerrar los ojos para sentirlo.
me hizo cerrar los ojos para sentirlo.
Y te sentí cerca.
Caminé entre hojas secas que crujían a cada paso,
y me hice amiga del viento, que corría entre nosotros dos,
en forma de un suspiro.
Temblé en cada lágrima y en cada latido de tu corazón.
Seguía pasando el tiempo, y los días parecían una eternidad.
Y llegó el invierno.
Caminé entre hojas secas que crujían a cada paso,
y me hice amiga del viento, que corría entre nosotros dos,
en forma de un suspiro.
Temblé en cada lágrima y en cada latido de tu corazón.
Seguía pasando el tiempo, y los días parecían una eternidad.
Y llegó el invierno.
Mis pies descalzos, amoratados por el frío, dejaron de sentir.
Mis manos, sentían punzadas de dolor;
y la escarcha cubría mis pestañas obligándome a cerrar los ojos y llorar.
Y el verano, no llegó nunca.
Se congeló el ultimo rayo de sol predestinado a unos segundos de vida.
Como quien muere de cáncer.
Y el verano, no llegó nunca.
Se congeló el ultimo rayo de sol predestinado a unos segundos de vida.
Como quien muere de cáncer.
Esta, es la introducción al caos,
el nostálgico viaje de las niñas que dicen adiós.





