Me han llamado gata varias veces,
el calor de las velas.
El infierno entre las sábanas.
se oyen los murmullos de gente que reza,
pero puedes trepar por mis caderas.
| Ilustración: elgalgo.es |
| Ilustración: elgalgo.es |
Hoy llueve, como cuando tú lloras.
Y he visto llover muchas veces.
Estoy mirando por la ventana cómo la lluvia nos cala los huesos.
Hoy llueve como cuando lloro, porque has dejado de reír.
Las calles están vacías de gente que corre buscando un lugar en el que refugiarse.
Estoy mirando por la ventana y la ciudad a oscuras me recuerda a ti. Me recuerda a ti, por lo que has sufrido, por no haberte sabido decir, que todo iba a ir bien...
Me veo en el reflejo de la ventana y te veo a ti.
Te veo a ti, porque esta sonrisa es tuya, porque esta sonrisa es tuya por lo que has luchado.
Por lo que has luchado, mamá.
No hay precipicio que no saltase por verte sonreír.
Me veo reflejada en los cristales de esta ventana y te sigo viendo a ti, porque tengo tus mismos ojos, porque soy igual a ti. Porque llevo tus miedos anclados en el nudo en la garganta que no me deja respirar, porque me duele el pecho, cuando tiemblas cada noche.
Hoy miro por la ventana con los ojos tristes y la sonrisa de un valiente. Porque soy igual a ti.
Porque hemos vencido a la mala suerte y a los cobardes que se han cruzado en nuestros caminos pisoteando nuestros corazones,
porque hemos podido con todos los huracanes, con todos los terremotos.
Porque no estás sola.
Ojalá algún día, dejemos de llevar la sonrisa a cuestas
y que todos y cada uno de los que te han pisado, te sonrían al verte pasar.
Porque eres la mujer a la que cualquier mujer querría parecerse y cualquier hombre querría tener a su lado.
Porque eres felicidad, aunque no la hayas tenido.
Porque no te hace falta envidiar a nadie,
porque eres magia.
Porque eres tú, mamá.

Grito desde el abismo aquel en el que te acaban de cerrar la puerta de un portazo,
desde el plano detalle de una cerradura en la que detrás, hay una mujer llorando.
Grito desde aquel vete
sin despedida ni vuelta atrás,
desde aquel mensaje leído sin contestación
tras cuatro llamadas perdidas.
Grito desde el mensaje en el buzón de voz en el que escuchas un ¿sí? y empiezas a hablar con la esperanza de escuchar su voz, aun sabiendo que no habrá ninguna jodida respuesta.
Grito desde la ignorancia de ver una foto suya y no saber dónde está, ni a cuánta distancia están nuestros cuerpos, fríos, después de una lluvia torrencial de Noviembre.
Grito desde la punzada de una estaca al corazón,
que no era más que una verdad, atravesando el pecho.
Grito desde el infiel al que le come el remordimiento follándose a otra;
desde la amante, que se siente querida en los brazos de un hombre que no es más que el hombre de otra mujer;
y desde el engaño
que quiere gritar a voces que pares.
Que acabes con la mentira a tiempo,
porque te estás mintiendo a ti mismo.
Grito desde el otro lado de la ventana,
en la que la mujer engañada, se arregla para su marido infiel.
Grito desde el balcón desde el que a un niño se le escapa un globo, vestido de azul, de inocencia.
Grito desde la inocencia de quien lleva un jersey roto y dice que se le acaba de descoser.
Grito desde una madre a la que le han arrebatado a su hijo, y sigue abriendo la puerta de su habitación para darle las buenas noches.
Me hago hueco en cada arruga de la cara de un abuelo, en la que ha habido más achaques que en cualquier guerra de un corazón herido, y grita que la juventud vuelva, y que su mujer también.
Grito desde el hombre que dice que no le saben querer, cuando es la única excusa que puede atribuir al no saber querer él.
Grito a la desconfianza a pleno pulmón, y más,
al que hace que desconfíen de él.
Grito desde el que dice que no tiene miedo,
porque no hay más miedo,
que decir que no lo tienes.
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| Fotografía: Raúl Luengo |